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La vida de un periodista del Gobierno en Eritrea: la verdad sobre trabajar en un periódico gubernamental firmemente censurado
20 Dec 2019
BY ABRAHAM T. ZERE

Un edificio del gobierno en Asmara, capital de Eritrea. Imagen: Charles Roffey/Flickr

Abraham T. Zere comenzó su carrera en un periódico del Gobierno después de que se prohibieran todos los medios de comunicación independientes. Exiliado ahora en EE. UU., revela los peligros a los que se enfrentan los redactores en el "país más censurado del mundo"

A principios de 2016, los periodistas y miembros de plantilla en puestos clave del ministro de Información de Eritrea fueron obligados a rellenar un formulario con sus datos personales, incluida la información de sus cuentas bancarias y el domicilio de sus familias. La amenaza que suponía para los que estuviesen pensando en dejar el país era evidente.

Han pasado más de 10 años desde que dejé de trabajar para el Ministerio de Información. En este tiempo, ha evolucionado hasta ser un centro del terror extremadamente militarizado cuya interferencia en las vidas de los periodistas es más explícita que nunca.

En abril, Bekeret Abraha, un periodista exiliado, concedió una entrevista a la emisora etíope Radio Wegahta. Abraha, que ha estado en prisión en tres ocasiones, confirmó que es principalmente el ejército quien evalúa a día de hoy la actuación de los periodistas del Gobierno, y muchos de estos han sido encarcelados como consecuencia de ello. Desde 2012 también se les exige que participen en simulacros militares y que hagan guardia en las oficinas del Gobierno

Eritrea se encuentra actualmente en el último puesto (el número 180) en la Clasificación de Libertad de Prensa Internacional de Reporteros sin Fronteras. El Comité para la Protección de los Periodistas lo ha denominado el “país más censurado” del mundo.

Yo aún era joven cuando todavía había periódicos independientes en activo en Eritrea, antes de que los prohibiesen en 2001. Fui colaborador activo de uno de ellos, Zemen, durante mi último año de educación secundaria. El redactor jefe, Amanuel Asrat, que era mi mentor, me había prometido un trabajo cuando terminase la carrera de periodismo, pero lo encarcelaron antes de graduarme y nunca volví a tener noticias suyas. Parecía muy improbable que volvieran a abrir los periódicos independientes algún día, así que en abril de 2003 empecé una columna semanal en el periódico del Gobierno, Haddass-Ertra.

Mi columna, titulada “La agenda de hoy”, pretendía comunicar ciertos mensajes en un nivel simbólico o abstracto a la par que cubría temas como la literatura, la filosofía, las artes, la juventud, la política o cuestiones de Gobierno. Por alguna razón me las arreglé para continuar con la columna durante tres años, haciendo equilibrios entre ser deliberadamente impreciso e incorporar el contexto eritreo.

Aprendí a mantener unas rutinas básicas. El editor —conocido por su lealtad hacia las autoridades superiores— me preguntaba sobre qué había escrito y yo le hacía un resumen del contenido, haciendo hincapié en el ángulo que favoreciera el periódico. Si citaba a figuras internacionales, hacía un apunte sobre el material, asegurando: “El escritor no goza de buena opinión en Occidente”.

Todas las semanas, cuando entregaba mi último artículo, mi editor solo mencionaba el de la semana anterior si contenía algo que había irritado o enfurecido a las autoridades. (De lo contrario, en todos aquellos años nunca recibí ningún tipo de comentario.) El mensaje implícito era: “Tengo una familia que mantener, así que no me metas en líos”.

De las 16 páginas A3 del diario del Gobierno (incluidas dos para anuncios clasificados), solo las tres primeras trataban temas relacionados con Eritrea, y los artículos eran siempre áridos y estaban llenos de clichés. Por ejemplo, textos interminables sobre un nuevo proyecto de construcción de una presa y el hecho de que eso demostraba que Eritrea progresaba a pesar de lo que dijera Occidente.

El resto de noticias eran o bien artículos internacionales traducidos, de poca relevancia para el país o, como mi columna, los que buscaban comunicar ideas furtivamente sin llamar la atención de los jefes.

Si los periodistas se pasaban de la raya, aunque fuera solo un poco, se arriesgaban a que los arrestaran, tras lo cual podrían recuperar el permiso para continuar con su labor después de ser “rehabilitados”. Ali Abdu, ministro de Información, también enviaba a periodistas a su encarcelamiento en prisiones militares, las más brutales del país. El Ministerio de Información también había introducido un complicadísimo sistema de pagos que obligaba a los periodistas autónomos a visitar 13 oficinas de dos ministerios diferentes para cobrar sus honorarios.

Durante mucho tiempo fui sobre seguro. Me llevaba bien con el redactor jefe y me valoraban por ser un periodista prolífico con el que se podía contar en situaciones urgentes. Esto es, hasta que el periódico publicó una carta que atacaba a mi columna, en la que se decía que estaba socavando la sociedad eritrea. Conocía el sistema, así que comprendí que era una advertencia.

Estaba relativamente seguro de que la queja provenía de Abdu, el ministro de Información. En mis tres años en Haddass-Ertra, nunca había tenido ningún contacto personal con Abdu. Nunca acudí a él para pedirle favores o aprobación, una ofensa sin duda imperdonable a sus ojos. Yo era bastante consciente de que tenía una reputación de leer y aprobar todas las noticias locales y que monitorizaba las internacionales con una fijación casi patológica. Sospechaba que no tenía mis artículos en alta estima. Así que al día siguiente de leer su carta, le entregué mi carta de dimisión al redactor jefe.

El descontento de Abdu con mis artículos se hizo evidente más adelante, después de que yo empezase a escribir para la revista del partido en el Gobierno, Hidri, que no estaba bajo su control. Dos veces dirigió ataques contra mí en el periódico nacional y me identificó como una amenaza a la seguridad.

Mis solicitudes de permiso para salir del país y completar una beca en una universidad estadounidense recibieron repetidas negativas. Finalmente en 2012 me ayudé de mis contactos para obtener aprobación para un viaje de estudios a Sudáfrica y de allí viajé a EE. UU., donde aún permanezco.

El ministro de Información Abdu huyó de Eritrea en 2012 y solicitó asilo político en Australia.

“El Ministerio de Información es una institución muerta en cortejo fúnebre”, declaró Abraha en una entrevista de radio en Tanzania. Mientras tanto, los periodistas eritreos viven en un limbo permanente.

Abraham T. Zere es director ejecutivo de PEN Eritrea in Exile

 

Traducción de Arrate Hidalgo

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