MAGAZINE
El filo de la noticia
19 Dec 2017
BY CAROLINE LEES

A menudo los corresponsales en el extranjero tienen que ayudarse de guías (fixers en inglés), para informar desde países asolados por la guerra. Sin embargo, como revela Caroline Lees, estos pueden terminar en el punto de mira por espionaje si sus nombres se hacen conocidos en la zona

Periodistas ucranianos toman asiento en una conferencia de prensa de la embajada de EE.UU, US Embassy Kiev Ukraine/Flickr

Periodistas ucranianos toman asiento en una conferencia de prensa de la embajada de EE.UU, US Embassy Kiev Ukraine/Flickr

Rauand arriesga la vida por desconocidos habitualmente. Este estudiante de informática de 25 años trabaja de guía: un tipo de periodista local que colabora con corresponsales extranjeros en Erbil, Irak. La ciudad está a solo una hora en coche de Mosul, ciudad bajo ocupación del Estado Islámico. En junio, el EI amenazó con matar a los periodistas «que hacen la guerra contra el Islam».

«Imagina que el EI llega a Erbil. Pues los guías serían los primeros a por los que irían», asegura Rauand, que ha trabajado para Vice News y la revista Time. «Al terminar los reportajes, el guía se queda en el país, mientras que el corresponsal, con su pasaporte extranjero, se puede marchar», añade.

Los guías llevan la logística para corresponsales extranjeros guiándolos y traduciendo para ellos, pero también investigan para artículos, adquieren contactos, organizan entrevistas y viajan al frente. La mayoría trabajan de forma independiente y son extremadamente vulnerables a amenazas y represalias, especialmente una vez se marchan sus colegas extranjeros. Según la organización Rory Peck Trust, que se dedica a apoyar a periodistas freelance alrededor del mundo, la cifra de reporteros independientes amenazados por colaborar con medios internacionales va en aumento.

«La mayoría de las peticiones de ayuda que recibimos nos llegan de reporteros locales que han sufrido amenazas, detenciones, prisión, asaltos e incluso el exilio por su trabajo», explica Molly Clarke, jefe de comunicaciones de Rory Peck. «Habitualmente ayudamos a gente a la que han atacado específicamente por su trabajo de colaboración con medios internacionales. En estos casos, las consecuencias pueden ser devastadoras y duraderas, y no solo para ellos: para sus familias también», denuncia Clarke.

Un informe del Comité para la Protección de los Periodistas —CPJ, por sus siglas en inglés— muestra que son 94 los «trabajadores de medios de comunicación» asesinados desde 2003: esta es la fecha en la que el CPJ comenzó a poner a los guías en una categoría aparte, como reconocimiento a la importancia creciente de estos en la transmisión de reportajes desde el extranjero. En junio de este año añadieron a Zabihulah Tamana, un periodista independiente afgano que trabajaba como traductor para la radio pública nacional de EE.UU., a la lista de asesinados cuando bombardearon el convoy en el que viajaba en Afganistán.

Muchos guías empiezan como aficionados sin experiencia, desesperados por conseguir trabajo remunerado en economías perjudicadas por los conflictos. Apenas reciben formación o apoyo continuado por parte de las organizaciones internacionales para las que trabajan, y a menudo deben encargarse de su propia protección. Rauand ha aprendido a no destacar en Erbil. Rara vez opta por firmar con su nombre los reportajes y artículos en los que contribuye. «Si mi nombre sale asociado a los artículos, ya no soy anónimo. Podrían sospechar de mí y tratarme como si fuera un espía», dijo.

Ser acusado de espionaje es un riesgo laboral para muchos de los guías que trabajan con periodistas extranjeros. Para aquellos trabajando en primera línea en la guerra entre Ucrania y los separatistas prorrusos, se trata de una amenaza diaria. En 2014, Anton Skiba, un productor local radicado en Donetsk, fue secuestrado por los separatistas y acusado de ser un espía ucraniano. Había pasado el día trabajando para la CNN en el lugar donde se estrelló el vuelo MH17 de Malaysian Airlines, en el este Ucrania, controlado por los separatistas. Skiba, que también ha trabajado para la BBC, fue finalmente liberado tras una campaña que organizaron sus compañeros del gremio. «Es muy importante mantener un equilibrio mientras tengas acceso a ambos lados del conflicto. De otro modo, lo más seguro es que uno de ellos acabe oprimiéndote», afirma.

Skiba trata de protegerse eligiendo con cuidado a la gente con la que trabaja y las noticias que cubre. «Este es mi país y yo tengo que seguir viviendo aquí cuando los periodistas pasen al siguiente conflicto. No quiero arriesgar mi vida por una historia que al día siguiente ya no va a recordar nadie. Por eso intento evitar a periodistas poco profesionales y a los que usan a guías para que les consigan noticias ‘jugosas», dice.

Kateryna, otra guía de Donetsk, obtuvo acreditación de prensa tanto de las autoridades ucranianas como de la facción separatista enemiga, la República Popular de Donetsk, para evitar acusaciones de favorecer uno de los lados de la guerra más que al otro.

Pero esto no ha puesto fin a las amenazas y ni al acoso que sufre. Aunque nunca le dice a nadie que trabaja con periodistas internacionales, una página web ucraniana, Myrotvorets, reveló recientemente los nombres, direcciones de correo electrónico y números de teléfono de alrededor de 5000 periodistas extranjeros y autóctonos que han trabajado en la República Popular de Donetsk y en Luhansk, áreas disidentes fuera del control del gobierno ucraniano. Kateryna, de 28 años, aparecía varias veces en la lista, publicada en mayo de 2016, debido a su trabajo con la BBC, Al Jazeera y otros medios.

Los servicios de seguridad ucranianos han retenido e interrogado a Kateryna muchas veces por su trabajo. «A los dos años de trabajar con los medios extranjeros, pasas a primer plano en los intereses de los servicios de seguridad», asegura. «Y es mejor no subestimar su poder. Son lo bastante astutos para jugar con tu vida».

Últimamente se siente expuesta en Donetsk y quiere encontrar un trabajo distinto. «En cuanto se marcha un equipo de televisión, ya está», añade. «Solo una vez he sentido que les importaba a los medios internacionales. El pasado mayo, un colega de la BBC me preguntó si necesitaba ayuda, ahora que habían publicado mi nombre en Myrotvorets. Rechacé cualquier tipo de apoyo; era lo mínimo que pudo haberme pasado».

Pocos guías llegan a recibir compensación si se lesionan o mueren realizando su trabajo. Tampoco reciben la protección internacional de facto que se proporciona a los corresponsales que trabajan en el exterior. Solo en Afganistán, docenas de traductores, conductores y productores locales perdieron la vida entre 2003 y 2011; algunos, muertos en enfrentamientos, otros —como Aymal Naqshbandi, periodista, y Sayed Aga, conductor—  fueron ejecutados por los talibanes por haber trabajado con extranjeros

Saira, una guía de Kabul (Afganistán) que lleva nueve años en esto, solo puede trabajar si oculta no solo su identidad, sino también su propio cuerpo. Como mujer sufre amenazas y abusos constantes. Teme tanto ser castigada que no quiso darnos su nombre verdadero para este artículo. La joven de 26 años, que comenzó a trabajar con periodistas extranjeros para poder pagarse los estudios en la universidad de Kabul, dice que solo se siente a salvo con el rostro cubierto. «He viajado a algunos sitios peligrosos con periodistas extranjeros. Tuve que taparme la cara completamente con un burka para sentirme segura», explica.

«Para una mujer siempre es peligroso trabajar, incluso en Kabul. Eres blanco de comentarios hirientes y faltas de respeto. Mucha gente te culpa y llegan a llamarte infiel porque trabajas con gente no musulmana», añade Saira.

Cada vez se contrata a más guías que viven en zonas de conflicto consideradas demasiado peligrosas para los corresponsales extranjeros, y desde las cuales aquellos escriben y envían directamente las noticias a las redacciones internacionales. «Cada vez se depende más de periodistas independientes locales para conseguir noticias, artículos e imágenes en países y zonas a los que es muy difícil —o demasiado peligroso— que accedan [los reporteros internacionales]», explica Clarke. «No tenemos datos ni cifras exactas; nuestras pruebas son mayoritariamente anecdóticas y las obtenemos de lo que hemos visto y oído al realizar nuestra labor».

Almigdad Moyali era un guía que se convirtió en reportero cuando la guerra de Yemen forzó a muchos extranjeros a marcharse del país. Moyali, de 34 años, tenía buen nivel de inglés, conocía a la gente adecuada, tenía el respeto de la gente y estaba muy solicitado.

Prefería trabajar de forma anónima. «Le gustaba ser guía porque le permitía contar historias que en Yemen habría sido demasiado peligroso contar», relata Laura Battaglia, una periodista italiana que trabajaba con Moyali y entabló amistad con él. «Con su permiso omitimos su nombre en artículos difíciles, para protegerlo».

Pero cuando Moyali comenzó a cubrir noticias por su cuenta, esto lo metió en problemas con la milicia hutí, un grupo rebelde en control de Saná, la capital yemení. Prácticamente la primera de sus historias, que envió a redacciones europeas y estadounidenses firmadas con su nombre, le ganó la ira de la clase dirigente. Fue arrestado de inmediato y amenazado por agentes del gobierno. Perdió la vida en enero de este año, en un ataque aéreo en plena misión para Voice of America. Se encontraba viajando por una zona peligrosa en un coche sin marcar y sin nada que lo identificase como periodista.

La muerte de Moyali provoca preguntas acerca de la responsabilidad. Era autónomo, pero trabajaba para agencias de noticias internacionales. Mike Garrod, cofundador de World Fixer, una red digital que conecta a periodistas y trabajadores en sus países con reporteros internacionales, cree que algunos grupos de comunicación están comenzando a tomarse más en serio el papel que desempeñan en la protección de los trabajadores que contratan.

Garrod espera fundar un programa de formación en línea para periodistas y guías locales. El curso incluirá seguridad, evaluación de riesgos y estándares y ética periodística. «Los guías, en gran medida, carecen de formación y son vulnerables en entornos hostiles. A medida que se afianza la tendencia a utilizarlos para cosas que van mucho más allá de la traducción y la logística, existe una necesidad real de que entiendan ciertos conceptos y que demuestren que los entienden», expone Garrod. Para este artículo preguntamos a la BBC, la CNN y Reuters por sus guías. Todas se abstuvieron de comentar.

No obstante, el comportamiento de algunos periodistas individuales que emplean a guías en el campo es más complicado de regular, según Garrod. Nos contó la historia de un joven estudiante al que contrató un reportero extranjero para viajar al frente de la guerra de Irak cuando tenía 17 años. «La industria puede hacer muchísimo más para instar a los periodistas a que actúen de forma más responsable en lo concerniente a este asunto, pero me preocupa que no exista una voluntad de inspeccionar el modo en el que se consigue una noticia», lamenta.

Zia Ur Rehman, de 35 años, trabajó con corresponsales extranjeros en Karachi, Pakistán, entre 2011 y 2015. Cuenta que, mientras los periodistas de la ciudad entienden los peligros a los que se exponen allí, algunos reporteros extranjeros ignoran sus consejos. «Algunos cámaras y fotógrafos son groseros y maleducados, y tratan a sus guías como si fueran sus sirvientes. Como no conocen la complejidad y lo delicado de la situación, graban o sacan fotos sin consultar a su guía, cosa que ha acarreado problemas muy serios al equipo, sobre todo al guía», declara Rehman.

Ha habido casos en los que los servicios de seguridad pakistaníes han secuestrado a guías, que han sufrido palizas e incluso torturas por trabajar con periodistas extranjeros. Rehman dice que ya rara vez trabaja como guía; si lo hace, solo es para reporteros que ya conoce.

Más formación y el apoyo de las organizaciones internacionales que emplean a guías son dos elementos cruciales para su seguridad, pero es poco probable que suponga un gran cambio en áreas aún en control del Estado Islámico, decidido a silenciar a los periodistas, especialmente a los que trabajan con compañías extranjeras. En junio de este año, el CPJ denunció que el EI había ejecutado en Siria a cinco periodistas independientes. A uno lo ataron a su ordenador; a otro, a su cámara. Después los forraron de explosivos y los hicieron detonar. Habían sido acusados de trabajar con agencias extranjeras de noticias y de derechos humanos. El Estado Islámico publicó vídeos de la matanza a modo de advertencia para el resto.

Caroline Lees ha sido corresponsal en el sur de Asia para el periódico británico The Sunday Times. Actualmente es jefa de investigación en el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo en la Universidad de Oxford

*Algunos nombres de este artículo han sido modificados por motivos de seguridad

 Este artículo fue publicado en la revista Index on Censorship en otoño de 2017 

Traducción de Arrate Hidalgo

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